Antes de que comience la representación de Tres tristos traumes el público se encuentra con una imagen desconcertante: un dibujo desbordante de color, casi infantil, que contrasta con la desnudez de una escenografía reducida a un sillón blanco y unos pocos muebles. Pronto comprendemos que estamos en la consulta de un psicólogo, pero aquel dibujo, aparentemente secundario, irá adquiriendo una importancia decisiva. En él aparecen representadas las máscaras que irrumpen puntualmente al fondo de la escena —una gallina, un rostro y una mitra—, vinculadas a los traumas de los protagonistas. Su iluminación acompaña las referencias a esas experiencias y convierte la imagen inicial en una especie de mapa visual de las heridas que los personajes todavía arrastran.
Estos personajes son Víctor, Fèlix y Marçal, tres socios de una misma empresa que acuden a la consulta del psicólogo y que, a través de sus respectivos relatos, van revelando las experiencias que han condicionado sus vidas. Cada uno entra en la consulta y, a medida que lo hacen, los juzgamos por sus comportamientos iniciales, por cómo hablan o por sus manías o tics, pero, conforme avanza la función, descubrimos por qué Víctor tartamudea al pronunciar la palabra «padre», qué hay detrás del tic nervioso de Fèlix o por qué Marçal padece problemas intestinales. Cada rasgo, por absurdo que pueda parecer, encuentra su explicación en una experiencia anterior y la obra nos invita a asistir a la deconstrucción de los personajes.
Esta inversión del proceso habitual de construcción del personaje resulta especialmente sugerente desde la propia práctica interpretativa. Como intérpretes -o, al menos, cuando una pretende serlo-, muchas veces nos hacemos preguntas como: ¿por qué mi personaje dice esto?, ¿qué le lleva a actuar así?, ¿qué podría hacer en esta situación? A partir de ellas, exploramos hipótesis, imaginamos circunstancias y buscamos motivaciones que nos permitan comprender su comportamiento y resolverlo interpretativamente de algún modo. Sin embargo, en esta obra ocurre lo contrario. Los personajes se presentan primero a través de sus conductas y, poco a poco, el texto nos permite reconstruir las razones que se esconden tras ellas. Lo que parecía un rasgo aislado adquiere un significado nuevo cuando conocemos su origen. Y es precisamente ahí donde la comedia encuentra uno de sus mayores aciertos: consigue que nos riamos de los personajes sin dejar de preguntarnos qué les ha ocurrido para llegar a ser quienes son.
Es aquí donde brilla el trabajo de los tres intérpretes. Su excelencia no reside únicamente en la eficacia cómica, sino en la precisión con la que sostienen una interpretación naturalista incluso cuando las situaciones alcanzan lo grotesco. No fuerzan la comicidad: habitan a sus personajes con una verosimilitud que hace que lo disparatado de sus relatos resulte, paradójicamente, cotidiano. Sus gestos, ritmos, silencios y reacciones responden a una composición interpretativa rigurosa, capaz de convertir una peculiar manera de sentarse o una vacilación verbal en un recurso recurrente sin desgastarlo. La risa surge de la coherencia interna de los personajes, no de la necesidad de subrayar el chiste. No obstante, tras la comicidad aparecen experiencias dolorosas que, en algunos momentos, alcanzan un grado de crudeza e inverosimilitud capaz de generar cierta incomodidad. Y, aun así, seguimos riendo. En cualquier caso, el resultado exige un dominio admirable del cuerpo, de la palabra y del tempo cómico: tres trabajos de gran solvencia profesional.
La dirección de Morgan Blasco encuentra, además, en la sencillez escenográfica, una extraordinaria herramienta de caracterización. El sillón ondulado de la consulta permite establecer una jerarquía física que anticipa rasgos esenciales de los protagonistas: Víctor ocupa la posición más elevada, en consonancia con su necesidad de imponerse, mientras que Fèlix evita el asiento o se acomoda en su parte más baja. Antes de que el diálogo termine de revelar sus personalidades, la disposición corporal ya nos ofrece una primera lectura de ellas. El espacio se convierte así en dramaturgia: los personajes se definen tanto por lo que cuentan como por la manera en que ocupan el escenario.
La propuesta alcanza uno de sus mayores logros cuando las historias individuales comienzan a solaparse. Los tres protagonistas comparten el espacio, pero continúan dirigiéndose al público como si este fuera el psicólogo, sin reconocerse entre sí. Habitan una misma escena sin habitar un mismo tiempo: sus cuerpos coinciden, pero sus relatos permanecen aislados. A veces, las palabras de uno parecen responder a las de otro, aunque pertenezcan a conversaciones distintas. La superposición de voces, el control del movimiento, la memoria y la precisión rítmica requieren una coordinación extraordinaria para controlar —tal y como lo lograron— la compleja partitura escénica resultante. Lo que parece espontáneo es, en realidad, el resultado de un trabajo interpretativo minucioso, en el que cada pausa, desplazamiento y entrada debe sostenerse sin quebrar la ilusión escénica. Contemplar a los tres profesionales ejecutar esta composición con semejante seguridad constituye uno de los grandes placeres de los que gozamos los espectadores al contemplar la representación.
En definitiva, Tres tristos traumes, bajo sus situaciones disparatadas y sus personajes aparentemente excéntricos, plantea una cuestión que trasciende lo anecdótico: ¿hasta qué punto somos el resultado de aquello que hemos vivido y cuánto de nuestro comportamiento presente responde a experiencias que seguimos arrastrando? Tal vez esa sea una de las mayores virtudes de la obra: hacernos reír mientras desmonta, poco a poco, la imagen que nos habíamos formado de quienes tenemos delante. Porque, cuando conocemos aquello que se esconde tras una manía, un miedo o una reacción aparentemente absurda, ya no podemos contemplarlos exactamente de la misma manera.
Al abandonar la sala, el dibujo inicial ya no es el mismo. Sus trazos, aparentemente caóticos e infantiles, adquieren el sentido de una historia que estaba ahí desde el principio, aunque todavía no supiéramos leerla. Algo semejante ocurre con las personas: contemplamos sus gestos, juzgamos sus manías y nos reímos de sus contradicciones sin conocer siempre las heridas que las sostienen. La obra nos recuerda que nadie se reduce a aquello que muestra y que el pasado no desaparece por el mero hecho de dejar de nombrarlo. Quizá el primer paso para dejar atrás una herida sea atreverse a contarla.
Autor: Pasqual Alapont
Dirección: Morgan Blasco
Intérpretes: Joan Nave, Alberto Baño y Morgan Blasco
- Iluminación: Mingo Albir
- Espacio de 5.º: Etna Suárez
- Espacio escénico: Joan Sabas
- Adaptación del texto: Joan Nave
- Vestuario y producción: Col·lectiu Intermitent
- Imagen y comunicación: Davide Castelo
- Ayudante de dirección: Diego Juan
Compañía: Col·lectiu Intermitent
Universitat d’Alacant
Paranimf
8 d’octubre de 2026
