«Fuegos» fue uno de los estrenos de La Nave del Teatro Calderón de Valladolid, que, según Luisa García Manso, «ha contribuido a desarrollar el talento creativo de sus participantes, al mismo tiempo que ha atraído nuevos públicos al teatro.» (….) «Este ensayo analiza el uso del testimonio, el documento y los nuevos lenguajes expresivos -en concreto, el hashtag- en Fuegos (2017), obra dramática sobre los éxodos con texto dramático de Lola Blasco.» He sabido que el proceso de creación de esta obra fue el de un taller y que uno de los personajes clave de la función fue interpretado por una estudiante refugiada, Marah Rayan, que se representaba a sí misma en clave de autoficción.
Lo que vimos en escena en el Paraninfo de la Universidad de Alicante responde a un ejercicio holístico basado en diferentes historias contadas fundamentalmente mediante monólogos relacionados con los éxodos, pero también con los autoritarismos, la xenofobia y el auge de la extrema derecha en los años veinte. El texto manifiesta la expresión del teatro documento (su exposición frontal, directa al espectador, donde el tiempo escénico es también tiempo real), pero también cuenta con aspectos posdramáticos (la propia historia de Marah Rayan), e incluso trazos del teatro minimalista (personajes que cobran relevancia por ser índices y no por su anclaje dentro de la trama). En este texto, no es de esperar que el personaje perverso sea el que abre fuego sobre el héroe, sino que cualquiera de nosotros es un tirador o una víctima en potencia.
Podríamos pensar que enajenar el texto de un personaje que cuenta su propia vida, trasladar esta autorepresentación de Marah Rayan a una interpretación llevada a cabo por otra actriz podría restar interés a la obra, pero no es así. Afortunadamente para el teatro, la importancia de la suspensión de la incredibilidad no es menor que el testimonio real. Nuestra capacidad empática no es menor si la historia nos la cuenta una intérprete o, por contra, nos la cuenta el sujeto paciente. Menos mal que el teatro sigue consistiendo en transmutar de un cuerpo a otro, de una voz a otra el mito, la crisis, el pathos…
La dirección es de Morgan Blasco, que regresa este curso tras París anys seixanta (Rodolf Sirera) en 2023 y una excelente Proceso por la sombra de un burro (Friedrich Dürrenmatt) en 2022. Morgan Blasco es actor profesional y no se prodiga demasiado en la dirección. En mi opinión (y en la opinión de muchos otros), es el actor alicantino más prestigioso que tenemos viviendo en nuestra provincia, y lo es por esa capacidad por dar seguridad no sin dejarnos entrever un poso de vulnerabilidad espontánea en cualquier personaje que interpreta. Supongo que ahora están pensando en Chéjov y no les quito un ápice de razón. Quizá por eso Morgan es inmune al narcisismo milenarista en el que navegamos. Y esto viene a cuento no solo por ofrecer algunas palabras de elogio a Morgan, (ahí está su trayectoria profesional, sus premios y, sobre todo, la opinión de los compañeros), sino también para que tengamos la certeza de que los actores del elenco se habrán visto totalmente acorazados por él.
En cuanto al elenco, siempre digo que en el Teatro Universitario lo mejor es que, hagamos lo que hagamos, siempre nos aplaudirán, porque ese público compuesto por familiares, amigos, compañeros… sabe valorar el esfuerzo de los actores y actrices estudiantes, sabe que el trabajo en escena es convertible en muchas horas de estudio para un examen, de trabajos ultimados y subidos en el último instante y en la propia sala de ensayos, o de incluso cambios de fecha de exámenes. El elenco sabe traducir mejor que nadie el valor del aplauso, del público en pie sin caer en la autocomplacencia.
Antes de entrar en la interpretación, no quisiera dejar de reseñar el trabajo de Elena Torregrosa, Elena Samaniego y Gema Merino en el espacio sonoro, la videoproyección, la ayudantía de dirección, el cartel o la comunicación digital. Y la gran suerte de contar con la profesora María Medel, que ha realizado la sobretitulación en inglés con Carla Botella. Un reconocimiento también a los alumnos de Traducción inversa por su trabajo con la versión en inglés, tan estratégica en una función con una temática como esta.
En cuanto al elenco, es muy reconfortante apreciar que no tenemos nunca escasez de talento, que se suceden las generaciones con un nivel interpretativo notable. Hace pocos meses, un miembro de la Federación Española de Teatro Universitario me aseguraba que si por algo se distingue la Universidad de Alicante es por ofrecer siempre un nivel alto de calidad. Pero no podemos olvidar que nuestros actores provienen de muchos centros educativos de la provincia donde las y los docentes hacen un trabajo encomiable en su asignatura de Artes Escénicas. Lo hacen incluso cuando el centro educativo no cuenta con esa asignatura. Y es algo que podemos comprobar cada edición del Festival Grecolatino de la UA.
También es reconfortante ver cómo los primeros alumnos que tuve en 2023 con La història del Comunisme contada per a malalts mentals, Lisistrata. Occupy Acropolis o La Odisea según Penélope han evolucionado tanto y tan rápido. De apenas soltar una frase y contener un segundo la concentración, de preguntarte si yo no creía realmente que iban a hacer el ridículo en el estreno, a mostrar un nivel de interpretación impropio de tres subidas a las tablas. En estos tres años han pasado por el magisterio de Elizabeta Domínguez, de Morgan Blasco y del mío, pero estoy seguro de que ninguno de los tres nos arrogamos más mérito que el indispensable. «Cuando el alumno está preparado, aparece el maestro», dijo Bruce Lee.
