El acceso es desde un parking ya medio vacío, que pudiera ser invadido de un momento a otro por la persecución de coches de un rodaje. Nada más entrar, me encuentro con la cartelera de los cines, que de por sí ya es una composición ficticia, decorado. Las escaleras parecen estar dispuestas ese día para uno, como en un acontecimiento. Como siempre, me he equivocado y he aparcado en el córner contrario, así que cruzo todo el centro comercial contando los locales vacíos. Ya no queda nada, es el sueño de un mundo donde los seres humanos han sido exterminados salvo tú. El sueño de los solitarios.
No soy el primero en llegar. Pase lo que pase, Blanca será la primera. La veo a lo lejos, con su típica indumentaria. La ropa le ha caído de un quinto piso. Blanca, una especie animal que se niega a evolucionar para quitarse de encima su denso plumaje. Blanca, la que siempre llega primero. Y si no llega la primera, es mejor que uno empiece a dudar del interés de la reunión. Sus papilas se excitan pensando en esa reunión de amigos para ver la película, la función, la lectura. Blanca me ha visto a cien metros. Otra de sus características: sus dos ojos en la nuca.
Los dos nos asombramos de la inmensidad del centro comercial vacío. Es como si las librerías se hubieran vengado de ir desapareciendo de la ciudad con una maldición a esos panales gigantes. Liam llega desde el interior de la provincia. Quizá ha llegado hace rato y no lo hemos notado. Una de sus características: la presencia silenciosa. Es casi un superpoder en Liam. Nos explica que ha estado dando clase de español a dos jubilados británicos. Liam está convencido de que solo van a su clase porque Liam se parece a alguno de sus nietos. Me imagino a Liam haciendo todo el esfuerzo de explicarle el roscón de reyes al matrimonio de Mánchester.
Nos apuramos por entrar en la sala para no molestar. Pero en la sala no hay nadie. Ni siquiera el chico que vende entradas y palomitas estaba muy seguro de que ese día proyectaran el monólogo de Andrew Scott sobre Vania producido por el National Theater. Absolutamente nadie. Por un momento, mientras busco la fila, creo ver de nuevo al matrimonio de Mánchester. El hombre, de tez encarnada, le da una palmadita a Liam. La mujer le regala una bufanda a Liam. Merry Christmas, Liam. Nos sentamos. Parecemos los protagonistas accidentales de una película de terror donde el primero en morir soy yo. Soy ese padre raptado al principio del film por un monstruo no identificable y cuyo cuerpo aparece al final de nuevo envuelto en una vaina babosa tejida por el monstruo en sus tardes muertas.
Vaina, Vania, que es de lo que yo quería hablar. Dos horas de monólogo de un actor inconmensurable. Una película a la que cualquier estudiante de literatura debería acudir incluso aunque fuera el fin de la especie humana y fuera perseguido por aquel mismo monstruo. He visto muchos Vania, seguiré viendo muchos más hasta mi deceso. Es algo de lo que uno no se cansa. Vania es como el mito de Moisés, el de Rómulo y Remo, el de Amón Ra y otros tantos. Hablamos de que Vania es la exposición de un grupo de personas justo en el momento de quebrarse. Recuerdo que le dije a Claudia que escribir teatro es fotografiar el momento en que estalla la crisis. No importa el antes o el después, sino ese instante. Y a veces no sabes que la estás fotografiando hasta que los actores la revelan.
Blanca.- ¿Con qué personaje te identificas? Yo creo que tú con Alexander.
Paco.- ¿El escritor acabado, decrépito, incapaz de satisfacer lo más mínimo a su joven esposa, el que ha abusado durante 25 años de su familia y que ahora intenta quitarles lo único que les queda?
Blanca.- Ese mismo.
Paco.- Gracias.
Blanca.- No hay de qué.
Paco.- Pues no, yo me identifico con Michael (Ástrov)
Blanca.- Claro, el sex symbol.
Paco.- Precisamente.
Liam no dice nada porque él se identifica con Vania. Nos mira a Blanca y a mí adivinando el asalto inmediato de esgrima, nosotros, esos rivales acérrimos, esos que después de un combate agotador, se quitan la máscara y entonces se descubre que son padre e hija. Touché, me oigo decir. Prefiero no apretar el botón rojo asegurando que Blanca es claramente Sonia, la joven anodina que malgasta sus días en la finca enamorada de la persona equivocada. Volvemos a la función, lanzo al aire la pregunta del sentido dramatúrgico de esa puesta en escena, vuelvo a ese apartamento diminuto, a ese hombre solo que escucha un piano en reproducción automática, que da de comer a un perro invisible, que representa todos los personajes de Tío Vania justo en el momento en que la cámara atrapa sus crisis, que no es otra cosa que su abandono. Y entonces, Vania, o Andrew, o los dos, comienzan a cantar If you go away, es decir, Ne me quitte pas.
Seguimos caminando, hablando de Chéjov, de la biografía que escribió Irène Némirovski. De su movida con Stanislavski a cuenta de El jardín de los cerezos, y esto y lo otro. Lo de menos es Vania, que habrá muchos más, lo importante es que difícilmente serán como el de Andrew Scott, que esa noche lo interpretó por única vez en Alicante solo para tres personas.
