El precio de la comunidad es la incomodidad, y en pos de hacernos la vida más “fácil” la estamos perdiendo. Las relaciones entre vecinos, que en un inicio surgieron de una necesidad humana primigenia e inherente de ayuda y compañía, ahora se limitan a mecánicas interacciones sobre el clima cuando nos vemos encerrados durante unos eternos segundos en las angostas paredes del ascensor (los que sí tenemos ascensor, claro).
Una boutique en La Florida nos traslada a la realidad cotidiana olvidada que fue —y sigue siendo— en nuestros barrios. Evoca las servilletas de tela, las sillas de plástico blanco, el café y la sobremesa. La lucha continua por la dignidad, el anhelo y la vida que no puede ser, cuyo pesado testigo tienen que recoger otros.
Mi abuela vivió gran parte de su vida en un barrio de Madrid que, si bien queda lejos de La Florida, sufrió la misma transformación. Para bien o para mal, contempló todos los cambios en Usera, hasta que dejó de poder salir de casa. Vivía en un cuarto piso sin ascensor. Sus problemas de rodilla hacían una odisea de cada escalón y el aislamiento que supuso la cuarentena acabó de rematarla. De un día para otro, a mi abuela se la llevó el Alzheimer, acelerado por todas estas condiciones.
La escena más demoledora, a mi parecer, no es el final en el ascensor del hospital, sino la fiesta, llena de música y luces de color. Cuando aparecen todas esas brillantes mujeres bailando al ritmo de Nueva York, celebrando felices y despreocupadas. Viviendo. Y Pura está en medio, regia y firme como es ella, como lo era mi abuela, detenida en el tiempo con la mirada al frente.
Toda esta obra, al igual que Usera y ahora La Florida, estuvo marcada para mí por su presencia latente; por lo que podría haber sido si hubiera tenido un ascensor, si no hubiera habido cuarentena, o si hubiera estado rodeada, al igual que Pura, de otras mujeres que pudieran haberla atendido y apoyado.
La escena más demoledora, a mi parecer, no es el final en el ascensor del hospital, sino la fiesta, llena de música y luces de color. Cuando aparecen todas esas brillantes mujeres bailando al ritmo de Nueva York, celebrando felices y despreocupadas. Viviendo. Y Pura está en medio, regia y firme como es ella, como lo era mi abuela, detenida en el tiempo con la mirada al frente. Es desolador. Alrededor de esas personas el mundo sigue girando, bailando y viviendo, mientras ellas se mueren en vida. No pude evitar ver a mi abuela y no pude evitar llorar.
Una boutique en La Florida es una oda a todas las mujeres, cariátides de nuestras calles, que sostienen la comunidad en sus brazos, luchando por una vida mejor, por sus amigas, su barrio y por ellas. Es un homenaje a todas aquellas que un día, aún en vida, dejan de ser. Se olvidan a sí mismas y la propia sociedad acaba desprendiéndose de su recuerdo. Puri Moya, Elizabeta Domínguez, Elena Candela, Sofía Prieto e Inma Sancho acompañan al espectador a través de la historia viva de mi abuela y de muchas otras. En aquella sala oscura repleta, durante un breve instante, pudimos ser partícipes de ese colectivo, una gran unión irrumpida, si acaso, tan solo por los aplausos del final.
Título: Una boutique en La Florida, de Paco Sanguino
Lugar: Aula de Cultura de la Fundación Mediterráneo.
Fecha: 12 de diciembre de 2025.
Intérpretes: Puri Moya, Elizabeta Domínguez, Elena Candela, Sofía Prieto y la colaboración especial de Inma Sancho.
Iluminación y edición de sonido: Paco Sanguino
Vestuario: Puri Moya y Sisi Álvarez
Diseño gráfico y cartel: Cesc Guevara
Fotografía: Mercedes González
Producción ejecutiva: Puri Moya y Paco Sanguino
Producción: El Club de la Serpiente con la colaboración de Fundación Mediterráneo e International Dance School.
Ayudante de dirección: Manuel Ochoa
Dirección: Paco Sanguino

